
Textos inéditos de Marcelo Quiroga Santa Cruz
INDICE
Por proceso [de creación literaria] entiendo yo el desarrollo de una obra literaria a partir del momento de su nacimiento. Hay en esta observación una suerte de convencionalismo, en realidad sería difícil precisar, aun para el escritor, el momento en el que nace una obra literaria. Sin embargo creo yo que este proceso comienza con una gran semejanza al proceso también de la concepción; algo fuera de nosotros, a modo de semilla se introduce en nuestra sensibilidad y pone en movimiento nuestra imaginación. Ese algo se desarrolla dentro de un proceso de tiempo inevitable, transcurrido el cual la obra tiene que surgir, tiene que objetivizarse, tiene que hacerse algo real. Esa semilla o germen del proceso de la creación literaria puede ser una persona, o personaje ya en la obra literaria, puede ser un ambiente, puede ser una idea. Después diré con más detalle porqué las obras que nacen de una semilla-idea suelen nacer más bien muertas. Cuando nace de una persona es porque esa persona ha logrado destacarse del conjunto, pero el hecho de destacarse del conjunto está íntimamente ligado a algo que ocurre en la sensibilidad del escritor. Algo hay en él que hace que esa persona tome una significación distinta de las otras personas. Es este carácter notable que le presta el escritor a la persona lo que hace que esta persona se constituya en un hecho aislado, significativo, simiente de una obra literaria. Aquí, a modo de anécdota y de ejemplo, quisiera referirles una experiencia de mi infancia: de chico, solía yo entretener mis ratos de ocio, que eran los más, visitando a un zapatero que tenía su taller en la vecindad; de este hombre recuerdo el nombre: Oliverio, un nombre curioso además para el lugar donde yo vivía; recuerdo su oficio: zapatero, pero lo que no voy a poder olvidar nunca es que este hombre trabajaba ocho o diez horas al día disputando con varios pájaros sus elementos de trabajo, las estaquillas, este trozo de fósforo con que suelen arreglar un zapato envejecido tenía que encontrar el zapatero, más bien que en su mesa de trabajo, en el pico de uno de los pajaritos que estaba rondando su mesa. Este es un hecho que a mi me impresionó tanto que algún día será materia de algo con cierto valor literario.
He anotado este detalle nada más que a modo de ejemplo de cómo una persona a veces, o un rasgo de su carácter, o una manía u ocupación, nos impresionan de tal modo que han dejado a modo de simiente que debe germinar después, transcurridos los años, en una obra literaria, o en el principio de una obra literaria. Muchas veces se ha polemizado, se ha teorizado, sobre el personaje como hecho primigenio de la obra literaria, de donde sale este personaje. Desde luego, quisiera advertir que esta noche, por literatura yo voy a entender de un modo un poco gratuito, casi exclusivamente el género novela. La novela contemporánea prescinde de algo que parecía indispensable en la novela de otro tiempo, es el retrato clásico del personaje, la descripción minuciosa de su aspecto externo, de su atuendo al que solían agregarse algunas manías y costumbres.
Bueno, no se si este segundo tiempo de la conferencia que ya es de charla les parece a ustedes bien, a mi personalmente me gusta más que la primer parte. Si es de interés de ustedes alguna referencia a esta segunda obra de título El combate, pues voy a darla así, de una manera más sucinta, más breve. Se trata en realidad de un ex-oficial, inutilizado para el ejercicio de su carrera por un accidente propio de su profesión, un hombre al que lo había guiado siempre el ideal de persona humana claramente descrita en la filosofía de Nietzsche, es decir, la voluntad de poder, el hombre de dominio. Naturalmente, inhabilitado ya para el ejercicio de su carrera, este hombre sufrió un golpe y tuvo que refugiarse en una actividad extraña que es la de entrenador en un reñidero de gallos. El cree ver en esa especie zoológica, la realización de un ideal de vida humana que él no vio en los demás ni en sí mismo.
En ese mismo reñidero viven con él un anciano, él es un ex-entrenador al que los años lo han enternecido y ya le parece ese un espectáculo muy cruel, entonces se ha dedicado más bien a criar gallinas que a su vez tienen pollitos y se multiplican, y no le gusta aquél espectáculo. Este hombre, que es miembro de esa parte de la humanidad que Ortega y Gasset define como “los que quieren”, haciendo uso desde la filosofía a la ducha fría, mantener un dominio constante de sí mismo y de la situación en torno, es un hombre que no se embriaga nunca, que vive vigilante de sus actos y que no admite ser derrotado. Es en síntesis, una especie de personificación del hombre producto de un racionalismo exacerbado, de aquellos que creen que la vida se puede reducir a un teorema o a una figura geométrica. Afortunadamente la vida es mucho más compleja que eso y entonces este hombre ve que día a día avanza su ceguera y que ha de quedar definitivamente derrotado. No puede soportar esta idea y decide matarse, lo hace tomando un veneno, tiene una agonía de tres días. Durante esa agonía él tiene alucinaciones y ensoñaciones caprichosas, incoherentes, y al final se da cuenta que un hijo que él había engendrado con una mujer de muy poco atractivo físico que habitaba en el mismo lugar, en un momento de embriaguez, un pecado más, una derrota más en su vida, está próximo a nacer.
La última escena lo muestra a él en su aposento, agónico, y al viejecito aquél enternecido, riendo a la puerta de su pieza porque ha abierto las jaulas de los gallos de riña, aprovechando de la agonía de este hombre, del cuidador, y los gallos de riña se han mezclado con las gallinas de él, un poco lo que ha ocurrido con él y con esa mujer deforme en la que ha engendrado un hijo. Es decir, ni esa especie de gladiadores animales, de animales nacidos para la lucha y para vencer, han podido conservarse intactos, fieles a ese principio un poco apriorístico. Entonces comprende que la única manera de no ser derrotado en la vida es aceptar la vida como es, en toda su maravillosa complejidad, ese es el final.
La verdad es que mi vocación de escritor comienza a despuntar como una necesidad de comunicación que rebase las limitaciones impuestas a un diálogo de carácter individual. En suma, comprendí que no había otro medio que el de la palabra escrita para entrar en relación, al mismo tiempo directa e indirecta, con una colectividad y esto en razón fundamental de la necesidad de transmitir observaciones, juicios que resultaban de la comprobación de una realidad social inequitativa, profundamente injusta, necesitada de modificaciones fundamentales
[…] Comencé haciendo ficción literaria con una novela que data ya de unos 20 años y que está agotada. Transcurridos algunos años, una lectura posterior de esa novela me señaló que no obstante el deseo intenso de aproximarme a nuestra realidad social, no había logrado penetrar en ella. El libro que yo quisiera escribir creo que es el libro que quisiera escribir todo revolucionario, todo luchador, todo combatiente de la causa popular y nacional, es un libro que pudiese desentrañar las causas últimas de la dependencia, las causas últimas de la condición atrofiada de nuestra economía, pero además describir esas causas de una manera sencilla, que pueda llegar al conocimiento de amplias capas de la población.
[P]ienso que he sido yo desde muy muchacho ambas cosas, un escritor y un político. Y no es una conjetura, así, condicionada digamos, por mi ocupación hoy día. Yo recuerdo que cuando tenía 12 años de edad, si esto tiene algún interés orientador sobre lo que me ocurrió, yo asistía a los debates de la Cámara de Diputados acá en La Paz, a los 12 años de edad, a casi todos los debates. Pero también recuerdo que cuando tenía 14 años estaba ya en las emergencias del 21 de julio del ‘46, y casi no hay hecho violento político, con derramamiento de sangre, en el que yo no hubiese estado ahí metido en medio de la multitud. En mí han habido las dos cosas permanentemente y disputándose, el político y el escritor. No creo que a mi me ocurra lo que dice un escritor nuestro que le ocurrió a él, que pudiendo haber sido un buen escritor terminó siendo un mal político porque yo no busco en la política una forma de profesionalización ni pretendo nada en lo personal, es una actitud de servicio. Yo pienso que ahora, al cabo de tantos recién comienzo a estar en condiciones de escribir una obra que es la que estoy trabajando, donde se expresen ambas, donde el escritor no ceda su condición de escritor y el político no sea traicionado en sus convicciones por su mensaje literario. Vamos a ver, pero serán ustedes los que juzguen al respecto.
[…] En un proceso de liberación ciertamente ´Los deshabitados´ no aportan nada. Ahora, qué es lo que yo he hecho después de aquél entonces, desde el punto de vista de mi compromiso y mis obligaciones. He escrito algunas cosas que ya no han sido literarias, en las que he tratado de entender nuestra realidad […]. Ahora, en relación con el papel del escritor en general, en términos generales. Yo creo que es peligroso hablar de la “misión del escritor” porque suele asociarse esta palabra misión con un sentido mesiánico, así, solemne. Creo que el de escritor es un oficio como cualquier otro que hay que asumirlo con gran honestidad, con humildad, y en el caso, lo he dicho en alguna ocasión, de nuestros países, dependientes, sometidos a un régimen de explotación internacional e interna, creo que el escritor debiera actuar con una gran humildad porque de hecho es un ser privilegiado en una sociedad donde la cultura, en sus aspectos más elementales, escapa al alcance de la gran mayoría de nuestra infancia empobrecida.
Hablo [en la Cámara de Diputados de Chile] en mi doble condición de escritor y de parlamentario anónimo, nacido en un país de vida casi confidencial. […] Casi todo este extenso e interesante temario parece obedecer a la preocupación de buscar anexo el mecanismo por el que el Poder Legislativo pudiera contribuir a superar algunas deficiencias características de la comunidad del escritor. Mi experiencia personal, y en esto ruego a los parlamentarios chilenos no encontrar un juicio agraviante, porque imagino por un instante que este Parlamento está fuera de Chile y en todas partes de Latinoamérica, es que los escritores no debemos esperar nada del Parlamento […] para interesarnos decididamente en lo que debemos hacer nosotros junto con nuestro pueblo, por modificar una superestructura jurídica en absoluto divorciada de la realidad en la que los Parlamentos son también formas residuales, extrañas a los requerimientos angustiosos de esta hora.
Intervención por el Encuentro Latinoamericano de Escritores, Santiago, 19 de agosto, 1969.